 | Ki Tavo |  |
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| | 26:9 |
y nos ha traído a este lugar, y nos ha dado esta tierra, tierra que mana leche y miel.
Vayevi'enu el-hamakom hazeh vayiten-lanu et-ha'arets hazot erets zavat chalav udvash. |
| 26:10 |
Y ahora, he aquí que traigo las primicias (1) de los frutos del suelo que Tú me has dado, oh Eterno. Y colocarás (el canasto) delante del Eterno, tu Dios, y te postrarás delante del Eterno, tu Dios;
Ve'atah hineh heveti et-reshit pri ha'adamah asher natatah li Adonay vehinachto lifney Adonay Eloheycha vehishtachavita lifney Adonay Eloheycha. |
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Comentario:
1 Esta perashá trata al principio del mandamiento del havaat habicurim (entrega de las primicias), que solemnemente se llevaba cada año al Templo de Jerusalem. En la Mishná (Maséjet Bicurim) se relata esta ceremonia de la siguiente manera: ¿Cómo se separaban las primicias? -Cuando el hombre iba a su campo y veía higos maduros, uvas maduras, granadas maduras, los marcaba y los consagraba diciendo: ¡Sean éstos bicurim! (primicias para la ofrenda). ¿Cómo se traían las primicias a Jerusalem? -Todas las aldeas de la región se reunían en la aldea principal, y dormían en las calles. Por la mañana, llamaban al dirigente diciendo: ¡Venid y subiremos a Sión, a la Casa de nuestro Dios! Se encaminaba entonces el grupo. Ante ellos iba un buey; sus cuernos estaban cubiertos de oro, y su cabeza adornada con una guirnalda de olivo, y delante de todos iban los hombres que tocaban y mostraban el camino de Jerusalem. Cuando llegaban a la Ciudad Santa ornamentaba cada uno el canasto con sus primicias, y los altos dignatarios salían a su encuentro y les decían: ¡Sean bienvenidos, hermanos! Las flautas les conducían hasta el Templo, y allí cada uno cargaba sus primicias sobre su hombro y las depositaba ante el altar, pronunciando las palabras del vers. 5 hasta la mitad del vers. 10. Aun el rey debía llevar sus primicias, como todo judío. Esta ofrenda significaba el reconocimiento del orden divino en la naturaleza y de la existencia del Ser Supremo, a quien se consagraban los primeros frutos en señal de agradecimiento. Los cuernos del buey estaban cubiertos de oro, lo que significaba que el trabajo lleva al pueblo a la prosperidad, y sólo una prosperidad basada en el trabajo es la verdadera. El buey llevaba sobre su cabeza la rama del olivo: El olivo es el símbolo de la luz de la sabiduría y de la ciencia, es decir, que la prosperidad no nos debe llevar solamente a un ficticio progreso material, sino a un verdadero avance en el orden del espíritu. Vemos pues aquí unidos los diversos factores de la sociedad, todos puestos a su servicio. El trabajo, la prosperidad, la ciencia, deben estar sometidos al hombre, y sólo así conservan su sentido. Pero, sobre todo, tenemos el símbolo máximo: Adelante iban las flautas que mostraban el camino hacia Jerusalem. El trabajo, la prosperidad social, la ciencia y la sabiduría pueden ser meritorias en si, pero no cumplir enteramente con la misión que les ha sido encomendada. Puede el hombre conocer la próxima estación, pero no la meta final, y quedarse en el camino creyendo haber llegado a su destino. Todos los grandes atributos humanos no tienen ningún valor si no son dirigidos hacia el ideal supremo. El trabajo se puede convertir en esclavitud, el dinero en opresión, en riqueza y en pobreza; la ciencia puede ponerse al servicio del mal y usar sus recursos para la destrucción y el aniquilamiento. La vida toda del hombre es una espada de dos filos. El deber del hombre es pues encaminar su vida con la vista puesta en una meta superior: Jerusalem. en donde, Según los profetas, todos los pueblos de la tierra se reunirán para adorar a un mismo Dios, padre de la humanidad entera.
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